Comer en un crucero es una de las grandes tentaciones del viaje, pero volver a casa sintiéndose pesado no tiene por qué ser el precio inevitable a pagar por unos días de descanso.
La escena se repite en casi cada embarque: Todo el mundo directo al buffet, y de repente te encuentras frente a un montón de comidas de todo tipo, que parece no tener fin. Hay bandejas de marisco, carnes asadas, estaciones de pasta, postres, fuentes de chocolate… La reacción natural de casi todo el mundo durante los dos primeros días es una mezcla de entusiasmo y avaricia inconsciente. Con la euforia de haber embarcado, queremos probarlo todo y queremos hacerlo ya.
El problema radica en nuestra propia mente. Pensamos que, al haber pagado por el crucero, debemos amortizar hasta el último céntimo devorando cuanto se ponga a nuestro alcance. Es una trampa psicológica muy habitual. La realidad a bordo que la cocina del buque no se va a agotar a mitad del trayecto. Las cocinas del barco siguen funcionando a pleno rendimiento las 24 horas del día.
Los datos de la industria náutica muestran que la mayoría de los pasajeros ganan entre dos y tres kilos (a veces, más) en un itinerario de una semana. No ocurre por comer alimentos de calidad en las cenas, sino por el picoteo sin sentido entre horas, y también por las grandes cantidades: Todo está a tu alcance. También influye el miedo irracional a perderse algo. Si entiendes que la oferta gastronómica estará ahí mañana, la ansiedad por llenar el plato hasta arriba desaparece de golpe.
Pero atención… También existe el tipo de crucerista que sube al crucero exactamente a comer, y no se muestra preocupado por la ganancia de peso. Y también es una postura comprensible y hasta lógica, cuando uno comienza con sus merecidas vacaciones.
La técnica del paseo previo antes de coger la bandeja
Pero para los otros, los que piensan en su figura, hablaremos aquí hoy de algunas técnicas. El buffet es probablemente el lugar más peligroso de todo el buque si tienes hambre. Entras con el plato vacío en la mano y vas sirviendo un poco de cada bandeja según avanza la línea. Para cuando llegas al final de la barra, tienes un cerro de comida inasumible donde se mezclan ensaladas con patatas fritas y guisos. Aunque no combine… Da igual, tú lo coges.
Hay un truco de viajero curtido que cambia todo esto: Recorrer toda la zona de comida con las manos vacías antes de tocar un solo cubierto. Mirar detenidamente qué hay hoy en las estaciones de cocina en vivo. Identificar si hay algún plato especial que realmente te apetezca probar, como un asado de cordero o un pescado fresco de la zona.
Y cuando ya sabes qué se ofrece, regresar al inicio y servirte únicamente lo que has seleccionado. Ignora los rellenos habituales que puedes comer cualquier día en tu casa, como los panecillos ordinarios, el arroz blanco o las ensaladas de pasta cargadas de mayonesa. Reserva espacio en tu estómago exclusivamente para aquello que sea diferencial y esté bien preparado. Hay muchas de este tipo de comidas.







El comedor principal frente a la anarquía del buffet autoservicio
Si quieres mantener cierto orden en tus hábitos sin estar contando calorías durante las vacaciones, huye del buffet a la hora de cenar. Siéntate en el comedor principal. El servicio en mesa impone un ritmo mucho más pausado y natural. Comer despacio da tiempo a que el cerebro registre la sensación de saciedad antes de que sea demasiado tarde.
Los menús nocturnos de las navieras suelen estructurarse en tres o cuatro tiempos: Entrantes, sopas o ensaladas, platos principales y postres. No hay ninguna regla que te obligue a pedir la secuencia completa. Puedes pedir perfectamente dos entrantes ligeros y saltarte el plato fuerte. O solicitar directamente que te sirvan una ración más pequeña.
Los camareros de a bordo responden encantados a este tipo de peticiones. Si pides un pescado que viene acompañado de una salsa pesada a base de nata, puedes solicitar que te sirvan la salsa aparte. También puedes pedir que sustituyan las patatas de guarnición por una ración generosa de verdura a la plancha. El plato seguirá estando delicioso, pero la digestión posterior será infinitamente más suave.
Capítulo aparte es la lucha de las navieras por evitar el desperdicio de comida. Y, digámoslo, también de algunos pasajeros, los más acostumbrados a la vida en crucero, que invariablemente toman sólo aquello que saben que van a consumir. En el otro lado, los que comen con los ojos, los que crean una montaña de comida sobre la bandeja, los que multiplican los platos sobre la mesa. Esto es estrechamente supervisado, aunque realmente no hay forma de controlarlo al 100%, ni de tomar acciones contra los desperdiciadores, más allá de las caras de resignación y molestia entre la tripulación que recoge platos o bandejas. En algunos barcos e itinerarios, se ha impuesto un cobro cuando un comensal quiere repetir plato principal en el restaurante de cortesía. Pero aquí, tampoco llegamos a tener claro si la razón que esgrimen las navieras (evitar el desperdicio de comida) es realmente la motivación a esta norma.
Bebidas tropicales y la trampa del azúcar líquido
Muchas veces pensamos en la comida como la única culpable del aumento de peso a bordo, pero pasamos por alto la barra del bar. Las bebidas alcohólicas y los cócteles de piscina esconden cantidades enormes de azúcar y calorías vacías. Una simple piña colada al borde de la piscina puede contener las mismas calorías que una hamburguesa completa con queso.
Si has contratado un paquete de bebidas ilimitado, la tentación de tener siempre una copa en la mano es tremenda. Pasar el día entero bebiendo combinados dulces bajo el sol del Caribe o del Mediterráneo acelera la deshidratación y despierta un hambre voraz a mitad de la tarde.
Una estrategia prudente consiste en alternar cada copa con un vaso grande de agua mineral. Si prefieres tomar alcohol, las opciones más ligeras son los combinados sencillos con agua con gas y lima, o bien una copa de vino blanco seco. Mantener la hidratación a raya evita que confundas la sed con el hambre cuando pasas por delante de algún establecimiento de comida abierto a medianoche o incluso de madrugada.
Escaleras, cubiertas y el falso mito de matarse en el gimnasio
Pero todo esto tiene remedio: No hace falta que te pases dos horas al día encerrado en el gimnasio del crucero para compensar las cenas. Las vacaciones están para disfrutar y desconectar, no para sufrir sobre una cinta de correr mientras miras al horizonte. La clave para mantenerse en forma en un barco radica en el movimiento cotidiano que ofrece la propia infraestructura naval. Solamente pasillos arriba, pasillos abajo, uno también suma pasos al cabo del día.
Los barcos modernos son auténticas ciudades flotantes de muchas cubiertas de altura. Los ascensores suelen estar llenos y las esperas en los vestíbulos pueden ser largas. Acostumbrarse a utilizar las escaleras interiores para subir y bajar entre las zonas públicas y tu camarote es también una buena práctica. Al cabo de la jornada habrás subido docenas de peldaños sin darte cuenta.
Caminar por la cubierta de paseo al atardecer o recorrer a pie los puertos de escala durante las excursiones suma miles de pasos diarios. Salir a explorar una ciudad histórica durante cuatro horas quema muchísima más energía que una sesión rápida de pesas. En definitiva, no te queremos amargar: Si te mantienes activo en tus rutinas diarias a bordo, podrás permitirte ese pastel de chocolate en la cena sin ningún tipo de remordimiento.
Sobre el autor:
David González
Agente de viajes Cruceritis
Co-fundador de DeCruceros.es, redacción, edición web. En el mundo de los cruceros desde 2005
david@decruceros.es